Don José de San Martín Matorras nació en Yapeyú, el 25 de febrero de 1778.
Cuando tenía 7 años fue llevado a Buenos Aires, y dos años después a España. Desde muy joven siguió estudios militares, llegando a combatir en guerra contra moros, franceses y portugueses.
En 1812 decidió embarcarse rumbo a Buenos Aires para servir a la causa de la independencia americana.
Al llegar a su patria natal se casó con la joven Remedios de Encalada, con quien tuvo su única hija, Mercedes.
En 1813, junto a su regimiento Granaderos a Caballo tuvo una decisiva participación en la batalla de San Lorenzo, que aseguró la independencia de Argentina.
En 1814 se instaló en Mendoza y aquí organizó el Ejército de los Andes, con el cual cruzó la Cordillera y logró la independencia de Chile con la victoria de Maipú, en 1818.
En 1820 llegó al Perú, al mando de 4500 hombres, y a comienzos de julio de 1821 logró ingresar a Lima, proclamando la Independencia del Perú el día 28. Se quedó gobernando con el título de Protector hasta setiembre de 1822, pero no pudo derrotar definitivamente a las fuerzas del virrey La Serna. Se retiró para dejarle el camino libre a Simón Bolívar.
A su regreso a Mendoza pidió desde allí autorización para entrar en Buenos Aires y poder ver a su esposa que estaba gravemente enferma. Rivadavia le negó el permiso pero ante el agravamiento de la salud de Remedios, y pese a las amenazas, San Martín decidió viajar igual a Buenos Aires, lamentablemente llegó tarde, su esposa ya había muerto sin que él pudiera compartir al menos sus últimos momentos.
Difamado y amenazado por el gobierno, San Martín decide abandonar el país en compañía de su pequeña hija Mercedes rumbo a Europa.
En 1825 redacta las famosas máximas, una serie de recomendaciones para su educación en caso de que él no estuviera a su lado. Allí les aconseja el amor a la verdad, la tolerancia religiosa, la solidaridad y la dulzura con los pobres, criados y ancianos; amor al aseo y desprecio al lujo.
Vivía de la escasa renta que le producía el alquiler de una casa en Buenos Aires y de la ayuda de algunos amigos
Pero el general seguía interesado e inquieto por la situación de su país. En febrero de 1829 llega al puerto de Buenos Aires pero no desembarca. Se entera del derrocamiento del gobernador Dorrego y de su trágico fusilamiento. Muchos oficiales le envían cartas a su barco y lo van a visitar con la intención de que se haga cargo del poder. San Martín se niega porque piensa que tome el partido que tome tendrá que derramar sangre argentina y no está dispuesto a esto.
Finalmente se instala en, en Boulogne-sur-Mer, Francia, donde fallece el 17 de agosto de 1850, a la edad de 72 años.
El proyecto de la dictadura de disciplinamiento y control de la
población no se limitó a la persecución, represión y desaparición de
personas. También abarcó a la cultura en todas sus formas.
Uno de los modos en que los militares buscaban controlar las maneras de pensar y sentir de los ciudadanos era la censura. Aparecieron las famosas “listas negras”1 donde se prohibieron libros, canciones, películas, revistas, etc. y se persiguió a escritores, artistas, educadores, poetas, periodistas e intelectuales en general. Cuentos para chicos traviesos, de Jacques Prevert, y Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, fueron algunos de los libros prohibidos y sacados de circulación.
Diversas investigaciones han dado cuenta que la dictadura tuvo una política cultural de alcance nacional: una verdadera estrategia de control, censura, represión y producción cultural, educativa y comunicacional, cuidadosamente planificada. La cultura y la educación eran consideradas por los dictadores como un “campo de batalla” contra la subversión2
Muy ilustrativa es, en este sentido, la resolución del rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, Eduardo Aníbal Rómulo Maniglia, tendiente a detener “la indumentaria desalineada, el aspecto hirsuto, la palabra y el gesto procaz”. En la misma se establecía, por ejemplo, la vestimenta y el largo del cabello que debían mantener los estudiantes durante su permanencia en el establecimiento escolar: pollera gris hasta la rodilla, saco azul liso y blusa blanca para ellas; pantalón gris, saco azul, camisa blanca, corbata oscura y cabello corto a dos dedos por encima del cuello de la camisa, para ellos.
Frente a esta política represiva en el plano cultural muchas personas tuvieron que exiliarse y muchas otras se escondieron. También, en el ámbito privado, fueron quemadas aquellas obras de la cultura (libros, revistas, afiches) que pudieran parecer sospechosas o ser calificadas como “subversivas” por los militares. Otros resistieron como pudieron desde sus espacios de trabajo o juntándose con aquellos que no se resignaban a dejar de compartir sus ideas y sueños. Muchos optaron por recluirse y exiliarse internamente (sin irse del país dejaron de hacer las actividades que hacían cotidianamente por temor).
1 Se trata de una lista de personas, instituciones u objetos que deben ser discriminados en alguna forma con respecto a los que no están en la lista. La discriminación puede ser social, técnica o de alguna otra forma. Durante la dictadura se confeccionaba este tipo de listas para perseguir ilegalmente a las personas.
2 Para mayor información puede consultarse el documento “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)” editado por el Ministerio de Educación de la dictadura en el año 1977.
Uno de los modos en que los militares buscaban controlar las maneras de pensar y sentir de los ciudadanos era la censura. Aparecieron las famosas “listas negras”1 donde se prohibieron libros, canciones, películas, revistas, etc. y se persiguió a escritores, artistas, educadores, poetas, periodistas e intelectuales en general. Cuentos para chicos traviesos, de Jacques Prevert, y Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, fueron algunos de los libros prohibidos y sacados de circulación.
Diversas investigaciones han dado cuenta que la dictadura tuvo una política cultural de alcance nacional: una verdadera estrategia de control, censura, represión y producción cultural, educativa y comunicacional, cuidadosamente planificada. La cultura y la educación eran consideradas por los dictadores como un “campo de batalla” contra la subversión2
Muy ilustrativa es, en este sentido, la resolución del rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, Eduardo Aníbal Rómulo Maniglia, tendiente a detener “la indumentaria desalineada, el aspecto hirsuto, la palabra y el gesto procaz”. En la misma se establecía, por ejemplo, la vestimenta y el largo del cabello que debían mantener los estudiantes durante su permanencia en el establecimiento escolar: pollera gris hasta la rodilla, saco azul liso y blusa blanca para ellas; pantalón gris, saco azul, camisa blanca, corbata oscura y cabello corto a dos dedos por encima del cuello de la camisa, para ellos.
Frente a esta política represiva en el plano cultural muchas personas tuvieron que exiliarse y muchas otras se escondieron. También, en el ámbito privado, fueron quemadas aquellas obras de la cultura (libros, revistas, afiches) que pudieran parecer sospechosas o ser calificadas como “subversivas” por los militares. Otros resistieron como pudieron desde sus espacios de trabajo o juntándose con aquellos que no se resignaban a dejar de compartir sus ideas y sueños. Muchos optaron por recluirse y exiliarse internamente (sin irse del país dejaron de hacer las actividades que hacían cotidianamente por temor).
1 Se trata de una lista de personas, instituciones u objetos que deben ser discriminados en alguna forma con respecto a los que no están en la lista. La discriminación puede ser social, técnica o de alguna otra forma. Durante la dictadura se confeccionaba este tipo de listas para perseguir ilegalmente a las personas.
2 Para mayor información puede consultarse el documento “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)” editado por el Ministerio de Educación de la dictadura en el año 1977.











































